La memoria de Álvaro

Antes que nada, pido disculpas por el registro tipo “diario íntimo”. No me gusta escribir así, no al menos para publicarlo, pero creo que hoy es el que mejor se adapta a lo que quiero decir. Es que hoy nos tocó realizar como ONG nuestra primera exhumación, la exhumación de Álvaro. Y para mí, que no soy antropólogo forense ni tengo nada que ver con los ámbitos en los que la muerte o, mejor dicho, los cuerpos de las personas muertas, sea algo cotidiano, no fueron pocas las inquietudes que me había ido generando el enfrentarme a esta situación. De ahí, entonces, que escriba ahora así, ya un poco como descarga, para poder cerrar el día.

Álvaro no murió, a los ojos de nuestro Estado, como Álvaro. Murió como N.N. Su autopsia y su entierro los ha transcurrido como tal porque no existen todavía mecanismos suficientemente idóneos que permitan a nuestro país, sobre la base de un cuerpo, establecer una identidad. Incluso cuando, por regla general, existen los medios adecuados si se quisiera hacerlo. Su tumba fue, durante siete años, la de alguien cuyos recuerdos, cuya historia y cuya familia habían finalizado abruptamente para ser destinadas al olvido. Devolverle a Álvaro lo último que había perdido, una memoria, lo único que puede llevarse alguien al otro lado de la muerte, no fue sencillo. Un trabajo de tres años, que ha implicado al equipo actual de ACCT, pero también gente que ha sumado horas de su vida pero que ha tenido que dejar la organización, gente que simplemente se ha acercado a dar una mano y gente que ha colaborado por su condición de funcionario público ha permitido, finalmente esta primera identificación.

“Aunque en realidad no sea una, sino la primera, tres años de trabajo para una primera identificación es más bien poco…” pensaba hoy a la mañana, mientras me preparaba para salir. Recordando de a partes el trabajo realizado y con la sensación de estar en el punto donde termina un ciclo y comienza otro, llegué a Chacarita sin saber que iba a encontrarme con la madre de Álvaro, quien esperó paciente que algunos detalles burocráticos nos dejaran finalmente comenzar. Mentiría si dijera que hice mucho: no estoy capacitado y era más productivo dejar trabajar a mis compañeras. Me dediqué a retratar el momento con la cámara que había llevado Silvia y así descubrí las lágrimas cayendo sobre la cara de la mamá de Álvaro, el único lugar donde el sentido transcendental de ese momento se transformaba en verdadera emoción. Para algunos era trabajo, para otros (como yo) experiencia; pero para la madre de Álvaro era el cierre de una historia dolorosa, de ausencia mezclada con esperanzas, de certeza mezclada con desazón: Alguien lloraba frente a una tumba frente a la cual durante siete años no había llorado nadie.

Por eso, cuando volvía a casa, pensaba que como seres pequeños que somos, no siempre nuestras historias van a tener el mejor final posible. Pero hay veces que pueden tener uno un poco mejor: A partir de hoy, Álvaro descansará junto a su memoria.

Buenos Aires, 03 de marzo de 2016.-