Herramientas para docentes: ¿Por qué buscan a las chicas de esa edad entre 13 y 17?

Hacia el final de las charlas que damos en las escuelas sobre la trata de personas, les pedimos a los chicos que piensen preguntas sobre lo que se habló. Estas preguntas las escriben de manera anónima en papeles que recogemos y vamos leyendo a la vez que contestamos. A su vez, nos permiten reinterpretar nuestras charlas y capacitaciones sobre la base de los temas que van surgiendo. Las próximas entradas tendrán por objeto reproducir y extender algunas de esas respuestas, que versarán sobre drogas, violencia, abuso y aspectos propios del delito de trata de personas.

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Para evitar escapes o denuncias, es prioritario para los explotadores aumentar la indefensión de sus víctimas. Esto crea un control más eficiente sobre las mismas sin necesidad de utilizar recursos materiales, como pueden ser rejas, candados o cámaras, que puedan dar pistas sobre el estado de explotación, no ya a los clientes, que muchas veces cuentan con elementos suficientes para darse cuenta (por no decir que son cómplices), sino a posibles testigos ocasionales.

Esta indefensión se consigue de muchas maneras, pero una muy frecuente es a través de la captación de víctimas que no hayan desarrollado herramientas de defensa. Si bien esto puede encontrarse en personas de cualquier edad, es más frecuente y más pronunciado en los primeros años de vida, por lo que las/los adolescentes se convierten en víctimas potenciales, y dado el tipo de criminalidad específico, las adolescentes mujeres se presentan como víctimas potenciales por excelencia.

Es menester mencionar que, en contextos de extrema vulnerabilidad la captación por parte de una red de trata es muchas veces otro hito en una larga historia de abusos o abandonos que las víctimas en cuestión sufren. En estos casos especialmente complejos, la caída en una red de trata de personas es casi una continuación de diferentes situaciones que fueron haciendo mella a lo largo de los años en el desarrollo de esas adolescentes. la personalidad.

Por otro lado, en el mercado del consumo de explotación sexual, los clientes-prostituyentes suelen preferir víctimas jóvenes y/o “nuevas”, es decir, que no hayan permanecido por períodos prolongados en un mismo centro de explotación sexual.

Esto podría contribuir a la explicación de por qué el hombre prostituyente paga por mantener relaciones con mujeres jóvenes, mientras que las mujeres más jóvenes tienen mayores probabilidades de ser engañadas y manipuladas por hombres que se ofrecen como románticos protectores y proveedores, a fin de captarlas con fines de trata de personas.

¿Qué dice el feminismo respecto de la libertad de la mujer?

El feminismo parte de posiciones respecto del patriarcado análogas a las del marxismo respecto del capitalismo. Así como el capitalismo es una forma de organización de la economía propia de la Modernidad, y por lo tanto, no es la forma natural de organización de la producción económica, el patriarcado es una forma de organización que intenta presentar como “naturales” ciertas desigualdades entre los géneros que tienen origen en la propia de la sociedad, donde los varones han privilegiado su acceso a los cargos de poder (político, militar, económico, religioso, etc.) y que los mismos han mantenido como patrimonio propio y exclusivo durante muchos siglos, en detrimento de las mujeres. Asimismo esa supuesta “superioridad” se vio reflejada en la división cotidiana de tareas, que relegó a las mujeres a ocupar posiciones propiamente domésticas mientras los varones ocuparon las posiciones que bajo esta misma influencia se comenzaron a considerar como socialmente más valiosas. Si bien no tiene objeto intentar dilucidar cuál de los dos modelos (doméstico-público) fue copia o reflejo del otro, es importante señalar que en ambos casos nos encontramos con esas características.
Si bien es un concepto ampliamente discutido respecto de sus alcances o su definición exacta, se suele denominar con el nombre de “patriarcado” a ese sistema de dominación o exclusión de las mujeres por parte de los hombres. En contrapartida, al movimiento académico-político que combate esas desigualdades se lo denomina “feminismo”. Así como las teorías marxistas han proliferado en toda una serie orientaciones teóricas, el feminismo también presenta una gran cantidad de diversificaciones teóricas, que a su vez han generado varias clasificaciones posibles. Nosotros tomaremos una clasificación que las agrupa de acuerdo a la forma de entender la opresión que se ejerce sobre las mujeres. Pdemos así establecer una primera división entre los feminismos de la igualdad y los de la diferencia. Dentro de los primeros podemos encontrar los feminismos liberales clásicos, que nacieron a fines del siglo XIX, donde el principal reclamo se traducía por una igualdad de oportunidades entre mujeres y varones (el mismo acceso a los mismos derechos), y lo feminismos liberales sociales, algo posteriores, donde el reclamo se transformó en un pedido de igualdad de oportunidades materiales. Frente a estos feminismos liberales podemos encontrar los feminismos socialistas, donde el reclamo pasa por una igualdad efectiva de acceso a los recursos materiales, y no una mera “igualdad de oportunidades” que en muchos casos significaba continuar con los mecanismos de opresión, justificados sobre la base de las libertades personales.
Frente a estos feminismos, encontramos al denominado feminismo de la diferencia o cultural, donde el énfasis está puesto precisamente en las diferencias entre mujeres y varones y en el reclamo del reconocimiento de esta diferencia. Por último, separados de estos tipos de feminismo, podemos mencionar al feminismo radical, dentro del cual se sostiene la idea de que aquello que sostiene la desigualdad en la sociedad es la misma idea de género, creada por los varones para poder obtener acceso a la sexualidad femenina, definiendo así la categoría mujer sin que haya un papel activo de estas en tal denominación. Para superar esta condición, es necesario que las mujeres tomen conciencia del papel que injustamente se les ha asignado, a fin de lograr escapar de tal estado opresivo.
Podemos a su vez considerar una división entre feminismos esencializantes de género y no esencializantes de género. En la primera denominación entran todos los feminismos mencionados hasta el momento; mientras queen la segunda, entran todos aquellos que consideran que el género no alcanza para explicar distintas opresiones de diferentes grupos de mujeres, con lo que se dio lugar a la aparición del lesbo-feminismo, feminismo negro (black feminism), feminismos de las descolonización, ecofeminismos, etc. (WEST, 2000).

El feminismo y las políticas de género

Si bien el término “género” fue acuñado por la medicina para abordar el tratamiento de los niños intersexos, para establecer las características fisiológicas y las manifestaciones culturales relacionadas con un sexo y otro, ha sido el feminismo quien lo ha recogido más fuertemente en su desarrollo teórico. A partir de estos desarrollos de la medicina, se pudo observar que no parece que pueda sostenerse a grandes rasgos la idea de que ciertas elecciones, preferencias o roles puedan explicarse recurriendo a la “Naturaleza”, sino que pueden ser apropiadas por sujetos de cualquiera de los dos sexos biológicos. En parte, esta recurrencia a las diferencias naturales de los sexos se explicaba fácilmente por sus diferencias reproductivas, o por una continuación obligatoria de las mismas: si las mujeres son quienes naturalmente gestan, paren y amamantan a los niños, se consideraba “natural” pensar que esas obligaciones, que tradicionalmente se han considerado propias del ámbito doméstico, se vean continuadas en la administración de la economía privada, el cuidado del hogar y el constante servicio familiar.
Se pueden diferenciar toda una serie de dimensiones donde se instancia el género en una sociedad determinada. La primera de ellas es la biológica, y sin duda es la más extendida en las diferentes culturas, ya que deriva del dimorfismo sexual. En líneas generales, se puede decir que históricamente se consideró que la división en dos sexos era excluyente. Si bien actualmente esta división se ha complejizado, a fin de incluir a las personas denominadas “intersexos” que presentan características propias de ambos sexos, todavía tiene una fortísima impronta cultural.
La segunda que podemos considerar atañe a las cuestiones económicas, a aquellas derivadas de la división sexual del trabajo. Como hemos mencionado más arriba, todavía es común atribuir a las mujeres las tareas domésticas –sin perjuicio de trabajos asalariados- como propias o naturales de su género, mientras que los hombres acaparan los puestos de liderazgos o las tareas que requieran una mayor interacción social.
Otra dimensión que podemos tomar en cuenta, es la psicológica o subjetiva, entendida en sentido amplio (ya sea psique, alma, espíritu, etc.) y como el conjunto de formas de percibir, pensar y sentir la experiencia de mundo, la afectividad y la identidad. Todas esas perspectivas de la persona están profundamente marcadas por el género, y sobre ellas configuramos nuestros deseos y expectativas de vida.
Por último, podemos señalar una dimensión político-social, conformada por el conjunto de las relaciones de poder en los diferentes ámbitos de la vida que sirven de apoyo y de mecanismo de reproducción de las diferenciaciones de género. Esos mecanismos, generalmente representados socialmente por las distintas instituciones, son los que posibilitan la desigualdad (cuando no el monopolio) en la distribución de poder en la sociedad (LAGARDE, 1996).
Así, el término “género” ha sido utilizado por las ciencias sociales a fin de dar cuenta de los atributos simbólicos masculinos y femeninos, como producto de una socialización. Gracias a estos desarrollos es que la crítica feminista ha permitido romper con la idea de que esa desigualdad entre hombres y mujeres que hemos mencionado anteriormente puedan explicarse como una recurrencia al orden natural. A partir de esta distinción se han ido detectando numerosas situaciones de discriminación para con las mujeres, como por ejemplo, las mencionadas referentes a las tareas domésticas, que a pesar de ser aprovechadas por los dos sexos, son realizadas casi en su totalidad por las mujeres. O aquellas referidas a las diferenciaciones de sueldo sobre una misma tarea, por lo general más bajo para las mujeres, por ser “impropios” para las mujeres.

Además de esas diferenciaciones injustificadas, las mujeres sufren cotidianamente violencia de parte de los hombres. Esa violencia puede ser de índole:

1. Física: aquella que se emplea violencia directamente contra el cuerpo de una mujer produciendo dolor, daño u otra forma agresión que afecten su integridad física, como pueden ser golpes o similares.

2. Psicológica: aquella que causa daño emocional y, como consecuencia, disminución de la autoestima o perjuicio en el pleno desarrollo personal, con el fin de degradar o de controlar las acciones, comportamientos, creencias y decisiones de una mujer; se puede instanciar como amenazas, hostigamiento, humillación, manipulación o aislamiento. Dentro de esta forma de violencia se incluye también la culpabilización, vigilancia, exigencia de obediencia, sumisión, coerción verbal, persecución, insultos, indiferencia, abandono, chantaje, ridiculización, explotación y limitación del derecho de circulación, entre otros.

3. Sexual: esta forma de violencia refiere a cualquier tipo de acción que implique la vulneración del derecho de la mujer de decidir acerca de su vida sexual o reproductiva, incluyendo la violación dentro del matrimonio o de otras relaciones vinculares, así como la prostitución forzada, explotación, esclavitud, acoso, abuso sexual y trata.

4. Económica y patrimonial: la que se dirige a ocasionar un menoscabo en los recursos económicos o patrimoniales de la mujer, a través de la perturbación de la posesión de sus bienes; de la sustracción, destrucción, retención indebida de diferentes objetos, como pueden ser sus instrumentos de trabajo, documentos personales, valores y derechos patrimoniales; la limitación de los recursos económicos destinados a satisfacer sus necesidades; la limitación o control de sus ingresos, así como la percepción por parte de una mujer de un salario menor por igual tarea, dentro de un mismo lugar de trabajo, por el sólo hecho de ser mujer.

5. Simbólica: es aquella violencia que a través de patrones estereotipados, mensajes o signos transmiten y reproducen la idea de desigualdad y discriminación en las relaciones sociales.

Por otro lado, podemos catalogar la violencia de acuerdo a sus modalidades, es decir, de acuerdo al ámbito en el que se llevan a cabo o están los involucrados al ejercerla:

1. Violencia doméstica: aquella ejercida contra las mujeres por un integrante del grupo familiar, independientemente del espacio físico donde ésta ocurra.

2. Violencia institucional: aquella realizada por las/los funcionarias/os, profesionales, personal y agentes pertenecientes a cualquier órgano, ente o institución pública, partidos políticos, sindicatos, organizaciones empresariales, sociales o deportivas, que tenga como fin retardar, obstaculizar o impedir que las mujeres tengan acceso a las políticas públicas y ejerzan los derechos previstos en esta ley.

3. Violencia laboral: aquella que discrimina a las mujeres en los ámbitos de trabajo públicos o privados y que obstaculiza su acceso al empleo, contratación, ascenso, estabilidad o permanencia en el mismo,

4. Violencia contra la libertad reproductiva: aquella que vulnere el derecho de las mujeres a decidir libre y responsablemente el número de embarazos o el intervalo entre los nacimientos.

5. Violencia obstétrica: aquella específica que ejerce el personal de salud sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres, y que se ve expresada en trato deshumanizado, abuso en la medicalización o patologización de procesos naturales del cuerpo femenino.

6. Violencia mediática: aquella violencia simbólica que es difundida a través de cualquier medio masivo de comunicación.

Como podemos apreciar, a pesar de que la DUDH contempla la igualdad de derechos para todos seres humanos, la existencia de todos estos tipos de violencia evidencian fuertes desigualdades entre varones y mujeres, fundadas en pautas culturales difíciles de cambiar de forma abrupta, y que precisan de un abordaje sistemático y continuo a fin de ser erradicadas.

La idea del “contrato sexual”

Hemos visto que podemos trazar algunas analogías en las críticas que la teoría marxista y la feminista hacen a los fundamentos filosóficos de la sociedad moderna, tal como se constituyó luego de los procesos que tienen por símbolo a la Revolución Francesa. ¿Qué pasa cuando unimos estas dos perspectivas? Carole Pateman (1995) ha intentado esa lectura en su influyente libro El contrato sexual, cuyas líneas exploraremos a continuación.
Para esta autora, la historia del “contrato social”, ha sido contada incompleta desde el principio, pues se ha mantenido oculta la mitad de esta historia, la del contrato sexual. El contrato originario puede ser considerado como un contrato social-sexual, pero las versiones comunes de este contrato no toman en cuenta esta dimensión sexual, que es la que puede explicar la génesis de la –siempre patriarcalista- legitimación del derecho de los hombres sobre las mujeres en la sociedad moderna.
Como ya hemos mencionado, las historias sobre el contrato originario proponen a un conjunto de personas que cambian las inseguridades propias del estado de naturaleza por la sociedad civil, donde la seguridad de los ciudadanos es protegida por el Estado. En esta sociedad civil, como venimos viendo, se da como supuesto que todos los adultos disfrutan universalmente de esta libertad y asimismo pueden replicar esta libertad al establecer entre ellos nuevos contratos, como pueden ser los de trabajo o de matrimonio. En algunas variantes de estas teorías sociales, lo que la sociedad civil viene a reemplazar no es el estado de naturaleza sino la ley paterna como fundamento del poder real. Según cualquiera de estas dos variantes, la posibilidad del contrato se opone a cualquier forma de sujeción de la libertad. Sin embargo, este contrato social no habría hecho más que fundamentar el derecho masculino sobre las mujeres, o como lo dice la autora, no hizo más que reemplazar la ley paterna, por un contrato “fraternal” en el que los hombres se han asegurado para ellos el acceso a las mujeres –y su dominación-. Por tanto, este contrato social, en lo que respecta a las mujeres, lejos de ser un instrumento de liberación, ha sido el medio para la sujeción patriarcal moderna. Así, ha quedado oculto el origen del derecho civil, que se instancia en el matrimonio, y no en la paternidad.
En la condición natural, todos los hombres nacen libres e iguales. Esta igualdad, que era tenida en cuenta en el Antiguo Régimen, debería respetarse nuevamente en la sociedad civil, y así es que hemos visto recogida esta idea en las diferentes declaraciones de derechos. Este presupuesto implica en sí mismo una serie de problemas para justificar el poder político, por ejemplo: dado que todos las personas son iguales, cómo puede justificarse que unas adquieran poder político sobre otras. La única respuesta posible es que dicho poder debe basarse en el mutuo acuerdo, sobre la libre elección de los individuos en el uso de todas sus facultades. El problema que surge aquí es que para los autores clásicos del contrato social, las mujeres no cumplían con estos requisitos: no podían ser completamente libres al considerarse que no tenían las mismas facultades que los hombres. A pesar de esto, paradójicamente, sí podía -y debía- ingresar al contrato matrimonial en la sociedad civil.
Podemos comprender en parte esta situación si partimos de la base de las divisiones que se establecieron entre el ámbito público y el privado. El ámbito público fácilmente puede explicar las ideas de ley civil, libertad civil, igualdad y contrato; pero para comprender el ámbito privado necesitamos recurrir primero a la diferenciación natural-civil. Debemos, antes que nada, considerar estos dos ámbitos como inherentemente interrelacionados aunque mutuamente excluyentes. Es preciso explicar por qué, a pesar de esta dependencia, el término “civil” no consideró la totalidad del fenómeno social, sino sólo una parte. Al momento en que se efectuó el contrato originario, la dicotomía relevante se estableció entre la esfera privada y la esfera pública. Las mujeres, que no tomaron parte en el contrato originario –fraternal entre varones- tampoco permanecen en el estado de naturaleza, sino que ingresaron en una especie de “anexo” de la sociedad civil, que forma parte de ella pero que está separada de la misma. Así, en la antinomia público/privado, se recupera la antinomia civil/natural, donde la esfera privada, impuesta a las mujeres, se contrapone con la esfera pública, apropiada por los hombres, y que es donde se instancia efectivamente el sujeto moderno, el hacedor de contratos. No es casualidad, por tanto, que uno de los grandes tópicos del feminismo a la hora de repensar las grandes desigualdades que el patriarcado esconde dentro de la esfera privada, haya sido que “lo privado es lo público”.
Asimismo, es posible aprovechar esta analogía para pensar que la comparación entre mujeres que se convierten en esposas y los hombres que se convierten en trabajadores asalariados ha sido utilizada frecuentemente por la crítica feminista debido al carácter coercitivo del ingreso a los contratos individuales.
Para la crítica marxista, los empresarios, al controlar los medios de producción, son por tanto los únicos capaces de establecer los términos del contrato de empleo de manera tal que les resulte ventajoso a ellos; los trabajadores, en cambio, sólo cuentan con su fuerza de trabajo y no enfrentan por tanto una verdadera elección al momento de establecer un contrato de trabajo. Para la crítica feminista, de modo similar, las mujeres están coaccionadas para ingresar en el “contrato matrimonial”, a pesar de ser formalmente libres de permanecer solteras al no recibir el mismo apoyo que los hombres para desarrollar su conocimiento o sus habilidades.

Capitalismo y patriarcado: limitaciones no formales a nuestra libertad

¿Qué dice el marxismo respecto de la libertad del trabajador? Desde los comienzos mismos del desarrollo de la teoría, el marxismo se enfrentó fuertemente con las ideas contractualistas burguesas propias de la Modernidad. Según estas teorías contractualistas se podía pensar un estado anterior a la sociedad, a veces nombrado como “estado de naturaleza” -si bien dejaban en claro que lo hacían con fines puramente filosóficos y no históricos-, donde los hombres habrían pactado ciertas condiciones que terminaron dando forma a las instituciones con las que se conforma la sociedad. Este pacto, denominado comúnmente el “contrato social”, habría permitido que las personas abandonasen la inseguridad propia de una “guerra de todos contra todos”, para centralizar en el Estado el ejercicio de una violencia que podía considerarse “legítima”, con el fin de mantener el mencionado contrato social.
En esas condiciones originales, la única diferencia que podía existir entre un hombre y otro al momento de conseguir recursos para sí y para los suyos, eran de índole “natural”, es decir, talento, fuerza, agilidad, etc. A grandes rasgos, podemos decir que eso explicaba para estas teorías que las sociedades presentaran desigualdades económicas.
Esta idea se vio fuertemente combatida por la teoría marxista. Básicamente, la idea de que un individuo pueda encontrarse aislado de los demás es para esta teoría no más que una ficcionalización armada a los fines de encontrar una “explicación” para sostener esas desigualdades. Esta ficción pretende mostrar como “natural” la situación de la sociedad del siglo XVIII en adelante, que con la Revolución Francesa como punto cúlmine de una serie de tensiones político-económicas marcó el triunfo de la clase burguesa por sobre la nobleza.
Las ideas del marxismo son ampliamente conocidas hoy en día. Esta teoría ha sido especialmente prolífica en cuanto a producción de ideas, con distintas orientaciones y escuelas que abordaron ciertas temáticas centrales desde diferentes lugares. Por eso nos limitaremos a resumir algunas características centrales que nos permitan señalar qué puntos resultan de interés para nuestro análisis.
Para este corpus teórico, la desigualdad es fruto de un ciclo por el cual una persona que posee los medios de producción (el capitalista) aumenta su capital a través de la extracción de plusvalía del trabajo de los asalariados u obreros. Para que esto se produzca es necesario se cuente con un capital inicial, con el cual pagar la materia prima de la elaboración del producto, junto con la maquinaria y las instalaciones para dicha elaboración, y el salario de aquellos que intervienen en ella. Estos últimos reciben por parte del capitalista sólo una fracción del total de renta producida con su trabajo, que constituye su salario. Ese salario se calcula de manera tal que permite al asalariado poco más que reproducir sus medios de existencia, es decir, su manutención y la de su prole. El resto de la renta, que recibió el nombre de plusvalía, es retenida por el dueño de los medios de producción, que puede volver a invertirla, en forma de capital, a fin de reiniciar el ciclo descripto.
Tenemos una caracterización sumamente esquemática del ciclo de reproducción del capital. Lo que es importante señalar de este ciclo es que se precisa de cierta desigualdad inicial de hecho, dada por la existencia de ese capital en manos privadas, que permite poner en circulación este tipo de aparato económico.
Esta idea también nos resulta fuertemente significativa: la desigualdad no implica estados “absolutos” de pobreza o de riqueza, sino estados relativos de poder-subalternidad, que permiten que esas desigualdades se perpetúen, incluso a pesar de la clara percepción que en ciertos casos se puede llegar a tener de las mismas por parte de las clases subalternas.
Esta desigualdad puede verse reforzada mediante la utilización de toda una serie de dispositivos culturales, políticos, penales o religiosos, que contribuyen a que quienes se encuentran bajo su dominio.. En contextos más acotados, yendo al caso que nos ocupa, como una situación de trata de personas con fines de explotación sexual, estos mismos pueden verse reproducidos a una escala menor, que los hacen mucho más patentes y consiguientemente más implacables. En los próximos capítulos haremos mención más específicamente a algunos de los métodos que los tratantes utilizan contra las víctimas. Por lo pronto, nos limitaremos a señalar que la utilización –lamentablemente, de forma muy efectiva- de estos dispositivos son los que nos ayudan a comprender que la víctima de trata considere tan dificultosa toda posibilidad de escape o rebelión contra sus tratantes, sin dejar de lado el claro hecho de la utilización de la fuerza por parte de los mismos.
El otro gran tópico que queremos mencionar es el de la “enajenación” o “alienación” del trabajador. Al intervenir sólo en una fracción mínima del trabajo, el asalariado no lleva a cabo más que una serie de procesos repetitivos y acotados. Como resultado, su trabajo no logra reflejar sus capacidades como persona, sino que lo asemeja a la máquina. Por otro lado, el producto de esa serie de fracciones de trabajos de parte de él y los que se encuentran en su misma condición, tampoco les pertenece, por lo que ese objeto les termina resultando extraño. A esto es lo que se dentro de esta teoría se ha denominado enajenación o alienación del trabajo. Y en tanto es justamente esta producción quien mantiene vivo al ciclo del capital, podemos concluir aquí que el trabajador es cada vez más pobre cuánta más riqueza (para el capitalista) produce. Al intervenir como un mero agente más, junto con las máquinas y la materia prima, en la realización de un producto que termina resultándole ajeno, el asalariado compromete su humanidad en dicha tarea. Y al finalizar la misma, sólo le resta el deseo del alimento y el descanso. Esta situación ha sido resumida bajo el lema “animal en lo humano y humano en lo animal”, que básicamente significa que el asalariado, durante la jornada laboral, debe disponer de sus habilidades propiamente humanas para manejar la maquinaria o llevar a cabo diferentes procesos, transformando la materia prima en producto a través de una tarea repetitiva y autómata –y por tanto, propias de un animal-, mientras que en sus horas de descanso, cuando debería poder entregarse al desarrollo personal, sólo se interesa por satisfacer sus necesidades biológicas, volviéndose por tanto “animal en lo humano”.
Fuera de estas consideraciones básicas, es necesario señalar que para el primer marxismo, tanto los bienes como su producción eran los fenómenos centrales a considerar en la crítica a la “economía política”, minimizando la injerencia que podían tener sobre el ciclo económico los trabajos considerados dentro del área de servicios, en tanto que sus “productos” no podían separarse jamás de aquel que lo producía, y por tanto, no podía ser comercializado en iguales términos que los bienes. Sin embargo, algunas corrientes actuales del marxismo han abandonado parcialmente las ideas relativas a la producción de bienes como motor fundamental de la economía contemporánea, en consideración de la gran expansión que ha tenido aquella área, y que se ha vuelto dominante en relación con otras formas de producción de dinero.
Bajo esta transformación, las consideraciones clásicas de la crítica marxista precisan de cierta modificación. Así como para la Modernidad la riqueza debe ser traducida en términos de productos, con la consiguiente aparición de toda la serie de conceptos relacionados que hemos mencionado más arriba, dentro de la economía contemporánea ya no puede únicamente considerar la fuerza de producción, la cantidad de bienes producidos y la plusvalía extraída para “medir” la riqueza. Si nos detuviéramos en estas conceptualizaciones, no podríamos entender la aplicación de las ideas marxistas a la actualidad. Sin embargo, si consideramos al capital no ya como un mero modo de producción, sino más bien como un modo de dominación, podemos comprender la profundísima inserción actual de la producción de servicios, ya sea en las áreas de asistencia personal o comercial, educación, entretenimiento, arte y otras. La inserción de estas áreas, para estas reformulaciones de la teoría, nos permiten comparar a la sociedad con un gran “código” donde se intercambian meros “signos” que ya no necesitan hacer referencia a la “realidad” del bien producido, sino donde la inserción de los individuos en el mundo social (y por tanto, laboral) es lo que debe primar a fin de orientar a esos individuos al consumo de dichos servicios (BAUDRILLARD, 1976).
La producción de esos servicios, que reemplazan a los bienes producidos, se ve sujeta a las mismas condiciones de desigualdad que se veían en estos últimos; es decir, a una posición inicialmente ventajosa para el dueño de los medios de producción, que logra establecer una posición de predominio sobre los explotados, aquellos que de todas maneras continúan entregando sus habilidades humanas, no ya para cumplir con una serie de procesos casi automatizados a fin de producir un bien, sino para alimentar la circulación de todos esas áreas de servicio que hemos mencionado.
Sin embargo, y a pesar de la importancia que pudo cobrar esta forma de producción, no hay que perder de vista que las formas iniciales de producción capitalista siguen vigentes, aunque quizá haya que tener en cuenta una visión más global del capitalismo: muchos de los bienes consumidos actualmente en Occidente son producidos, por ejemplo, por trabajadores asalariados de Oriente, que en muchos casos se encuentran sujetos a condiciones análogas a los de los trabajadores fabriles ingleses que fueron objeto de estudio del primer marxismo. Asimismo, existen hoy por hoy en nuestro país talleres clandestinos, principalmente relacionados con la producción de indumentaria, que explotan en condiciones infames a trabajadores precarizados, en algunos casos extranjeros ingresados de forma irregular al país, con la consiguiente vulnerabilidad añadida de dicha situación. Por eso, creemos que las teorizaciones marxistas iniciales de la producción no deben ni pueden ser abandonadas, sino que deben ser completadas con estos nuevos enfoques que hemos propuesto.
Esto es lo que en parte nos permite comprender la trata de personas con fines de explotación sexual, donde las mujeres se ven forzadas en muchos casos a una situación propia de esclavitud o de cruenta explotación, a fin de “satisfacer” el “consumo” de parte de los clientes de sus “servicios sexuales”, como una forma más de circulación del dinero convertido en mero “signo”. Por otro lado, la nula incidencia de casos de explotación sexual de hombres por parte de mujeres debe llamarnos la atención respecto del papel que debe jugar la perspectiva de género dentro de nuestro análisis.