Trata de personas, zona gris

El conocido activista de derechos humanos Didier Fassin, ex director de los médicos sin fronteras, recientemente dio una  charla pidiendo una visión más compleja de la moralidad en situaciones de necesidad humanitaria. Fassin exhortó a los activistas y académicos a meterse en los territorios morales que no están claramente definidos y donde existe una “zona gris moral”[1].

Estas “zonas grises morales” desafían nuestro sentido común de la “distinción entre el lado bueno y el lado malo de nuestro mundo moral”[2]. Ellas nos obligan a pensar por fuera de los binarios simples, rechazando nuestra propensión a ver las cosas en blanco y negro, obligándonos a enfrentar áreas de complejidad ética. Meterse en esas “zonas grises” es difícil e incómodo.

Qué significa esa llamada para pensar  la trata de personas con fines de explotación sexual? Después de todo, el sentido común dicta que la trata de personas es evidentemente y obviamente mala. En principio, parece que hay poca área gris.

Sin embargo, cuando observamos de cerca las vivencias de la trata de personas, nos encontramos con muchas zonas grises morales y complejidades éticas. Por ejemplo, parece sencillo definir quién es una víctima de trata y quien el tratante pero  incluso esta sencilla categorización puede ser complicada. Las mujeres reclutadas por las redes de trata de personas pueden convertirse ellas mismas en tratantes[3]. Es decir, las mujeres que han sido víctimas de la trata de personas pueden victimizar a otras mujeres.

No sabemos cuántas mujeres que perpetran la trata de personas han sido ellas mismas víctimas, pero sabemos que hay muchas mujeres que participan en las redes. La Organización Internacional para las Migraciones estima que más del 40% de los reclutadores para trata con fines de explotación sexual son mujeres (Por ejemplo, en el caso Marita Verón de los trece acusados de trata de personas, seis eran mujeres).

Cuando las víctimas de la trata se convierten en las explotadoras de otras mujeres, que se puede decir de que sea víctima o perpetrador? La simple designación de víctima y agresor se vuelve más compleja.

O consideremos los programas de rehabilitación para rescatar a las víctimas de la trata de personas. Estos programas brindan alimentos, vivienda y capacitación laboral. Cuentan con personal, principalmente mujeres de clase media, con formación profesional en psicología, trabajo social y de derecho. Sin embargo, en las economías precarias, aún con las mejores intenciones y gran esfuerzo, estos programas frecuentemente no pueden asegurar empleo con salarios dignos para las víctimas de este delito.

Cuando los programas de rehabilitación no aseguran empleos dignos para las víctimas, pero emplean a mujeres de clase media introduciéndolas en una economía estable—Quién puede decir que ha sido salvado? Aun las sencillas categorías de rescatador y rescatada se revelan como complicadas.

En un examen cuidadoso de la trata de personas, el  “sentido común” se descompone rápidamente. La filósofa Elizabeth Povinelli sostiene que es difícil de comprender las experiencias que desafían a nuestras categorías familiares de la moralidad. Tales experiencias son “resistentes a las cuentas típicas de la causalidad, la subjetividad y de la vida de decisiones”[4].

En esta “zona gris”, donde los binarios como víctima / agresor y rescatada / rescatador han  fracasado, es un desafío darle sentido a las complejidades de la trata de personas. Cuando nos enfrentamos a la “zona gris” de la trata de personas, estamos obligados a pensar seriamente.

Podemos hacer frente a este reto, y debemos. Por mostrarnos a la altura de este reto, podemos comprender mejor la trata de personas. La trata de personas es políticamente compleja y a veces moralmente ambigua. Se  entiende mejor cuando la pensamos incorporada dentro las estructuras económicas más grandes de las prácticas laborales, las desigualdades de género y las políticas de inmigración.

Se contextualiza dentro de particulares historias políticas y sociales y las experiencias personales vividas. Tiene fronteras porosas que se filtran a otras áreas de la vida: el trabajo, el sexo, la familia, la clase, la imaginación, el deseo.

Al aceptar la invitación a meterse en las incómodas y exigentes “zonas grises”, nuestra comprensión de la trata de personas se profundiza y se convierte en una herramienta más sutil y poderosa contra la explotación.

Notas:

[1]Roger Allan Moore Lecture February 3, 2012, Department of Global Health & Social Medicine, Harvard Medical School.

[2]“On Resentment and Ressentiment: The Politics and Ethics of Moral Emotions” Didier Fassin, Current Anthropology, Vol. 54, No. 3 (June 2013) p. 249

[3]United Nation Office On Drug and Crime, Report on Human Trafficking2009

[4]Economies of Abandonment: Social Belonging and Endurance in Late Liberalism,Elizabeth PovinelliDuke University Press 2011: 153