Capitalismo y patriarcado: limitaciones no formales a nuestra libertad

¿Qué dice el marxismo respecto de la libertad del trabajador? Desde los comienzos mismos del desarrollo de la teoría, el marxismo se enfrentó fuertemente con las ideas contractualistas burguesas propias de la Modernidad. Según estas teorías contractualistas se podía pensar un estado anterior a la sociedad, a veces nombrado como “estado de naturaleza” -si bien dejaban en claro que lo hacían con fines puramente filosóficos y no históricos-, donde los hombres habrían pactado ciertas condiciones que terminaron dando forma a las instituciones con las que se conforma la sociedad. Este pacto, denominado comúnmente el “contrato social”, habría permitido que las personas abandonasen la inseguridad propia de una “guerra de todos contra todos”, para centralizar en el Estado el ejercicio de una violencia que podía considerarse “legítima”, con el fin de mantener el mencionado contrato social.
En esas condiciones originales, la única diferencia que podía existir entre un hombre y otro al momento de conseguir recursos para sí y para los suyos, eran de índole “natural”, es decir, talento, fuerza, agilidad, etc. A grandes rasgos, podemos decir que eso explicaba para estas teorías que las sociedades presentaran desigualdades económicas.
Esta idea se vio fuertemente combatida por la teoría marxista. Básicamente, la idea de que un individuo pueda encontrarse aislado de los demás es para esta teoría no más que una ficcionalización armada a los fines de encontrar una “explicación” para sostener esas desigualdades. Esta ficción pretende mostrar como “natural” la situación de la sociedad del siglo XVIII en adelante, que con la Revolución Francesa como punto cúlmine de una serie de tensiones político-económicas marcó el triunfo de la clase burguesa por sobre la nobleza.
Las ideas del marxismo son ampliamente conocidas hoy en día. Esta teoría ha sido especialmente prolífica en cuanto a producción de ideas, con distintas orientaciones y escuelas que abordaron ciertas temáticas centrales desde diferentes lugares. Por eso nos limitaremos a resumir algunas características centrales que nos permitan señalar qué puntos resultan de interés para nuestro análisis.
Para este corpus teórico, la desigualdad es fruto de un ciclo por el cual una persona que posee los medios de producción (el capitalista) aumenta su capital a través de la extracción de plusvalía del trabajo de los asalariados u obreros. Para que esto se produzca es necesario se cuente con un capital inicial, con el cual pagar la materia prima de la elaboración del producto, junto con la maquinaria y las instalaciones para dicha elaboración, y el salario de aquellos que intervienen en ella. Estos últimos reciben por parte del capitalista sólo una fracción del total de renta producida con su trabajo, que constituye su salario. Ese salario se calcula de manera tal que permite al asalariado poco más que reproducir sus medios de existencia, es decir, su manutención y la de su prole. El resto de la renta, que recibió el nombre de plusvalía, es retenida por el dueño de los medios de producción, que puede volver a invertirla, en forma de capital, a fin de reiniciar el ciclo descripto.
Tenemos una caracterización sumamente esquemática del ciclo de reproducción del capital. Lo que es importante señalar de este ciclo es que se precisa de cierta desigualdad inicial de hecho, dada por la existencia de ese capital en manos privadas, que permite poner en circulación este tipo de aparato económico.
Esta idea también nos resulta fuertemente significativa: la desigualdad no implica estados “absolutos” de pobreza o de riqueza, sino estados relativos de poder-subalternidad, que permiten que esas desigualdades se perpetúen, incluso a pesar de la clara percepción que en ciertos casos se puede llegar a tener de las mismas por parte de las clases subalternas.
Esta desigualdad puede verse reforzada mediante la utilización de toda una serie de dispositivos culturales, políticos, penales o religiosos, que contribuyen a que quienes se encuentran bajo su dominio.. En contextos más acotados, yendo al caso que nos ocupa, como una situación de trata de personas con fines de explotación sexual, estos mismos pueden verse reproducidos a una escala menor, que los hacen mucho más patentes y consiguientemente más implacables. En los próximos capítulos haremos mención más específicamente a algunos de los métodos que los tratantes utilizan contra las víctimas. Por lo pronto, nos limitaremos a señalar que la utilización –lamentablemente, de forma muy efectiva- de estos dispositivos son los que nos ayudan a comprender que la víctima de trata considere tan dificultosa toda posibilidad de escape o rebelión contra sus tratantes, sin dejar de lado el claro hecho de la utilización de la fuerza por parte de los mismos.
El otro gran tópico que queremos mencionar es el de la “enajenación” o “alienación” del trabajador. Al intervenir sólo en una fracción mínima del trabajo, el asalariado no lleva a cabo más que una serie de procesos repetitivos y acotados. Como resultado, su trabajo no logra reflejar sus capacidades como persona, sino que lo asemeja a la máquina. Por otro lado, el producto de esa serie de fracciones de trabajos de parte de él y los que se encuentran en su misma condición, tampoco les pertenece, por lo que ese objeto les termina resultando extraño. A esto es lo que se dentro de esta teoría se ha denominado enajenación o alienación del trabajo. Y en tanto es justamente esta producción quien mantiene vivo al ciclo del capital, podemos concluir aquí que el trabajador es cada vez más pobre cuánta más riqueza (para el capitalista) produce. Al intervenir como un mero agente más, junto con las máquinas y la materia prima, en la realización de un producto que termina resultándole ajeno, el asalariado compromete su humanidad en dicha tarea. Y al finalizar la misma, sólo le resta el deseo del alimento y el descanso. Esta situación ha sido resumida bajo el lema “animal en lo humano y humano en lo animal”, que básicamente significa que el asalariado, durante la jornada laboral, debe disponer de sus habilidades propiamente humanas para manejar la maquinaria o llevar a cabo diferentes procesos, transformando la materia prima en producto a través de una tarea repetitiva y autómata –y por tanto, propias de un animal-, mientras que en sus horas de descanso, cuando debería poder entregarse al desarrollo personal, sólo se interesa por satisfacer sus necesidades biológicas, volviéndose por tanto “animal en lo humano”.
Fuera de estas consideraciones básicas, es necesario señalar que para el primer marxismo, tanto los bienes como su producción eran los fenómenos centrales a considerar en la crítica a la “economía política”, minimizando la injerencia que podían tener sobre el ciclo económico los trabajos considerados dentro del área de servicios, en tanto que sus “productos” no podían separarse jamás de aquel que lo producía, y por tanto, no podía ser comercializado en iguales términos que los bienes. Sin embargo, algunas corrientes actuales del marxismo han abandonado parcialmente las ideas relativas a la producción de bienes como motor fundamental de la economía contemporánea, en consideración de la gran expansión que ha tenido aquella área, y que se ha vuelto dominante en relación con otras formas de producción de dinero.
Bajo esta transformación, las consideraciones clásicas de la crítica marxista precisan de cierta modificación. Así como para la Modernidad la riqueza debe ser traducida en términos de productos, con la consiguiente aparición de toda la serie de conceptos relacionados que hemos mencionado más arriba, dentro de la economía contemporánea ya no puede únicamente considerar la fuerza de producción, la cantidad de bienes producidos y la plusvalía extraída para “medir” la riqueza. Si nos detuviéramos en estas conceptualizaciones, no podríamos entender la aplicación de las ideas marxistas a la actualidad. Sin embargo, si consideramos al capital no ya como un mero modo de producción, sino más bien como un modo de dominación, podemos comprender la profundísima inserción actual de la producción de servicios, ya sea en las áreas de asistencia personal o comercial, educación, entretenimiento, arte y otras. La inserción de estas áreas, para estas reformulaciones de la teoría, nos permiten comparar a la sociedad con un gran “código” donde se intercambian meros “signos” que ya no necesitan hacer referencia a la “realidad” del bien producido, sino donde la inserción de los individuos en el mundo social (y por tanto, laboral) es lo que debe primar a fin de orientar a esos individuos al consumo de dichos servicios (BAUDRILLARD, 1976).
La producción de esos servicios, que reemplazan a los bienes producidos, se ve sujeta a las mismas condiciones de desigualdad que se veían en estos últimos; es decir, a una posición inicialmente ventajosa para el dueño de los medios de producción, que logra establecer una posición de predominio sobre los explotados, aquellos que de todas maneras continúan entregando sus habilidades humanas, no ya para cumplir con una serie de procesos casi automatizados a fin de producir un bien, sino para alimentar la circulación de todos esas áreas de servicio que hemos mencionado.
Sin embargo, y a pesar de la importancia que pudo cobrar esta forma de producción, no hay que perder de vista que las formas iniciales de producción capitalista siguen vigentes, aunque quizá haya que tener en cuenta una visión más global del capitalismo: muchos de los bienes consumidos actualmente en Occidente son producidos, por ejemplo, por trabajadores asalariados de Oriente, que en muchos casos se encuentran sujetos a condiciones análogas a los de los trabajadores fabriles ingleses que fueron objeto de estudio del primer marxismo. Asimismo, existen hoy por hoy en nuestro país talleres clandestinos, principalmente relacionados con la producción de indumentaria, que explotan en condiciones infames a trabajadores precarizados, en algunos casos extranjeros ingresados de forma irregular al país, con la consiguiente vulnerabilidad añadida de dicha situación. Por eso, creemos que las teorizaciones marxistas iniciales de la producción no deben ni pueden ser abandonadas, sino que deben ser completadas con estos nuevos enfoques que hemos propuesto.
Esto es lo que en parte nos permite comprender la trata de personas con fines de explotación sexual, donde las mujeres se ven forzadas en muchos casos a una situación propia de esclavitud o de cruenta explotación, a fin de “satisfacer” el “consumo” de parte de los clientes de sus “servicios sexuales”, como una forma más de circulación del dinero convertido en mero “signo”. Por otro lado, la nula incidencia de casos de explotación sexual de hombres por parte de mujeres debe llamarnos la atención respecto del papel que debe jugar la perspectiva de género dentro de nuestro análisis.